• Mj Pineda

El verbo ausente

En un sentido amplio no normativo, cualquier objeto o acontecer es plausible por sí mismo de sugerir o expresar algún contenido perceptible, lo único necesario es un emisor que contenga o trasmita un mensaje y alguien que lo reciba. Pero para que se pueda considerar como un proceso comunicativo efectivo, es necesario que los mensajes estén articulados conforme a un lenguaje codificado por signos determinativos. Resultado histórico de su recurrencia contextual práctica compartida dentro del grupo social que lo utiliza y decodifica.

El lenguaje por definición sólo puede ser normativo, al ser una construcción humana que utiliza signos "unívocos" de significados precisos, que relacionados sintácticamente y sujetos a una gramática, forman frases y oraciones que sirven fundamentalmente para describir una realidad, expresar un estado, narrar una acción o dar forma a las ideas y conceptos. Su aplicación práctica puede hacerse de forma fiel, denotativa y concisa, es decir funcional o de forma sugerente, connotativa y retórica, es decir literaria. Si se utiliza de forma descriptiva o funcional (lenguaje jurídico, coloquial, científico, académico, etc…) en su ejercicio se intenta acotar el campo semántico y connotativo de los términos, precisar su contenido y dejar poco margen a la interpretación. Si se utiliza de forma connotativa o literaria, en mayor o menor grado y según los géneros, se deja paso a un uso del lenguaje más persuasivo, evocativo o retórico, donde las figuras literarias como artejo subversivo de los términos, intentan, a través de la ficción, embellecer la narrativa de los aconteceres y a través de la poesía, alumbrar su realidad oculta. Es aquí, en el plano poético, donde podemos encuadrar a la imagen fotográfica, ya que también ficciona metafóricamente con la realidad y genera un relato polisémico más allá de lo tangible y visible. Y lo hace no solo como producto de la voluntad del autor al elegir una escena, sino fundamentalmente por la propia inmanencia o naturaleza material de la imagen, vinculada irremediablemente a una realidad que documenta y registra pero que es incapaz por sí misma de explicar y hacerla comprender.

© Josef Koudelka

Una realidad compuesta por los elementos perceptibles, diferenciados y distinguibles (personas, cosas, edificios, paisajes…) que conforman el léxico de cualquier imagen fotográfica. Un vocabulario ambiguo, plural y ambivalente ya que sus términos no tienen funcionalidad precisa en el discurso procesual (sujeto, verbo, complementos…), ni correspondencia semántica distintiva, ni están sujetos a una sintaxis relacional articulada que le otorgue un sentido análogo.


Esta carencia de una gramática normativa trae consigo, que al igual que otras disciplinas, como la música, la pintura o la danza, no podamos considerar a la fotografía “per se” como un lenguaje, aunque sea de uso común su reconocimiento como tal. Otra cosa es que en su utilización para fines publicitarios, ilustrativos, comerciales o científicos sí cumpla con esa función aunque sea de forma añadida o subordinada.

Un ejemplo es la fotografía que ilustra el texto del fotógrafo checo Josef Koudelka. En ella se constata un acontecer concreto que está descrito por los elementos materiales perceptibles fijados en la imagen (avenida, edificios, brazo, reloj...) .Si no reconocemos el espacio urbano, ni el contexto histórico temporal, ni el simbolismo del brazo extendido con el reloj superponiéndose a una avenida desierta, la imagen como tal reduce su significación a lo que muestra, a la composición formal de sus elementos (líneas, volúmenes, cuerpos…) dispuestos sobre el plano y a sus relaciones imaginarias sin referentes cognoscibles. La fuerza icónica y simbólica que posee la imagen es añadida. Se la debe a la palabra que a posteriori explica lo que representa y significa dicho acontecer inmerso en un marco temporal, tan real como trascendente históricamente.


Susang Sontag en su libro -Sobre la Fotografia- afirmaba que “nunca se comprende nada gracias a una fotografía”. La cita es verosímil, porque la imagen muestra pero no demuestra, fija un estado o una acción temporal pero nos oculta el antes y el después, la causa y el efecto, la génesis del significante y el contenido del significado.

Además los sujetos presentes en cualquier imagen (si no son reconocibles) siempre son indeterminados, anónimos, desconocidos, mientras que el verbo se presenta estático, sin duración, desvinculado de su curso, ausente.


Este carácter líquido, impreciso y ambiguo, de significantes abiertos trae consigo que el finis operandis o intencionalidad del autor, si lo hubiera, en muchas ocasiones no se ajuste al finis operis o recepción objetiva de la obra. Correspondencia o concordancia que se da en mayor medida en otras manifestaciones expresivas más concretas y de un marcado carácter narrativo temporal, como pueden ser el cine, el teatro o la novela.


Podemos resumir, con carácter general, que la fotografía enmarcada dentro de las artes o disciplinas de significación abstracta (aunque paradójicamente su componente sea la realidad) puede y de hecho lo hace, registrar, sugerir, expresar, emocionar…, es decir componer el cuerpo de un mensaje y transmitirlo, pero en un sentido literal no comunica ni es un lenguaje, pues la decodificación de dicho mensaje trasmuta y cristaliza en el receptor de múltiples y variadas formas. Como decía Barthes la imagen fotográfica es: “connotación y mensaje sin código”. Es decir que expresa, trasmite pero no comunica.


Un momento intersticial del suceder real conjugado por un tiempo verbal inexistente.


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